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martes, 26 de noviembre de 2013

Protestas en Afganistán contra acuerdo que otorga impunidad a soldados invasores de EEUU

Miles de ciudadanos afganos se volcaron este lunes a las calles de la provincia de Baglan para manifestar su repudio ante el acuerdo entre el Gobierno de Hamid Karzai y Estados Unidos, el cual permite la permanencia de tropas norteamericanas en suelo árabe y otorga impunidad a las fuerzas invasoras.

Los manifestantes coreaban eslóganes antiestadounidenses y han exigido al presidente Karzai “no suscribir tal pacto”, pues consideran que el Tratado Bilateral de Seguridad (BSA, por su sigla en inglés) contradice los intereses nacionales y colectivos y da vía libre a que los soldados ocupantes cometan delitos sin poder ser juzgados en el país.
Las manifestaciones de este lunes se suman a a las realizadas durante la semana pasada, cuando miles de afganos desarrollaron acciones de protesta similares en Yalalabad.
La Asamblea Tradicional afgana (Loya Yirga) aprobó el domingo el acuerdo y pidió a Karzai que lo firmara antes de finales de 2013.
El pacto define las modalidades de la presencia militar estadounidense en Afganistán tras la retirada de los 75.000 soldados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), prevista para finales de 2014.
Las tropas de la OTAN, encabezadas por Estados Unidos, invadieron Afganistán en 2001, bajo el pretexto de “la lucha contra el terrorismo”.
El secretario de Estado de EEUU, John Kerry, visitó repentinamente Afganistán para exhortar a Karzai a firmar el proyecto de acuerdo de seguridad que se debate en el seno de la Loya, que establecería la permanencia de unos 10.000 o 15.000 soldados de las tropas estadounidenses a partir del 1 de enero de 2015.
Hispan Tv /  LibreRed

viernes, 12 de julio de 2013

Desde que llegó la OTAN a Afganistán se ha aumentado 40 veces la producción de heroína

Varias voces se han levantado durante los últimos meses con la intención de denunciar no solo el mantenimiento, sino también el crecimiento que se ha dado en la producción de cocaína en el país ocupado por la ISAF (International Security Assistance Force), cuyo liderazgo ostenta la OTAN, desde que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobase en el 2011 la Resolución 1 386, que ponía en marcha el llamado Acuerdo de Bonn (Acuerdo sobre Órdenes Provisionales en Afganistán hasta el Restablecimiento de un Gobierno Institucional Permanente) que, en sí, no era más que la legitimación internacional para ocupar Afganistán.



Desde el jefe del servicio antidroga de la Policía iraní, el general Ali Moayedi, hasta el presidente ruso, Vladimir Putin, representantes, casualmente, de países fronterizos y por lo tanto de mercados más cercanos para la droga afgana, han elevado sus voces a la esfera internacional con la intención de sacar a la luz una de tantas sombras que la ocupación de Afganistán por parte de la OTAN ha generado, el aumento de la producción de todos los derivados que se extraen de la amapola blanca, la morfina, el opio y la heroína.

Desde el departamento antidroga iraní, y con datos tomados en el 2012, se afirmaba que la producción de droga afgana había aumentado de 2.000 toneladas en el 2002 a unas 8.000 en el 2012, lo cual, en palabras de su portavoz, no es más que la confirmación de que “los gobiernos Occidentales ven las drogas como un negocio lucrativo.”

La importancia de los datos ofrecidos por el gobierno iraní es tal, dado que el país persa no solo es el que más opio decomisa anualmente en todo el mundo, con un 89% de los movimientos mundiales y 41% de heroína, sino porque también es el núcleo desde el cual los grandes cárteles del narcotráfico mundial distribuyen la droga a los distintos continentes, con especial incidencia en Europa, así como en los estados del Golfo Pérsico y gran parte de las antiguas repúblicas soviéticas (muchas de ellas integrantes de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC).

Todo ello, no solo genera un mercado negro ilegal de la droga a nivel mundial que mueve miles de millones de dólares, sino que también fomenta la drogodependencia, generando en países como Irán una grave problemática que da como resultado la existencia de 1,2 millones de drogodependientes, de los que un 70%, lo son a las inyectables.

De hecho, el 92% de la producción no está destinada a un uso medicinal, por lo que según datos del gobierno de Teherán, en concepto de drogas ilegales, Afganistán ingresa, según la ONU, unos 4.000 millones de dólares anuales, de los que una cuarta parte la reciben los cultivadores y el resto se lo reparten las autoridades locales, organizaciones rebeldes, grupos armados y traficantes que transportan el material al extranjero, lo cual ha instado una vez más a las autoridades iraníes a solicitar ayuda internacional para frenar esta lacra.

A su vez ha generado movimientos en las fronteras desde hace más de tres años, cuando para intentar frenar el continuo tráfico de droga, ingenieros militares iraníes han construido una barrera de mil kilómetros, así como zanjas para dificultar el paso de vehículos (hasta de 400 kilómetros en la provincia de Sistán-Baluchistán), e incluso diques allá donde los traficantes utilizan cauces de ríos para el paso.

Desde el Ministerio de Exteriores ruso también se han ido facilitando datos donde se evidencia un incremento del tráfico de estupefacientes en Rusia desde la ocupación de Afganistán. De hecho, varias fuentes del departamento antidroga ruso han afirmado en palabras de su portavoz, Victor Ivarov, que la OTAN no solo no está cumpliendo con uno de los supuestos objetivos claves de su ocupación sino que está poniendo trabas a los intentos por parte de las autoridades afganas de llevar a cabo quemas controladas de cargamentos de opio en las zonas del sur, más concretamente en la provincia de Helmand, donde se produce alrededor del 42% de la producción de opio en el mundo, según citan algunos medios de comunicación afganos, si bien, la producción se ha ido extendiendo y ha ido llegando a otras regiones como Kandahar, Uruzgán, Farah, Nimroz y, en menor medida, Daykundi y Zabul.

La visión ofrecida por el Ministerio de Lucha contra el Narcotráfico afgano tampoco es nada halagüeña. Según datos ofrecidos en el 2010 por el portavoz del Ministerio, Zalmai Afjali, “durante los cinco últimos años el número de consumidores de drogas ha aumentado desde 920.000 hasta más de 1,5 millones [¼ ]. La adicción a la droga se suma a la inseguridad, a los delitos comunes y a las enfermedades que se transmiten por contagio, y dañan los esfuerzos para el desarrollo del país”.

Con esta situación es fácil poder relacionar los grandes movimientos poblacionales que se han dado en Afganistán hacia sus países vecinos, sobre todo Irán y Paquistán, con la búsqueda de nuevas oportunidades, huyendo de una situación de guerra endémica, inestabilidad política, económica y social que con la ocupación de las fuerzas internacionales se ha incrementado. A su vez ha generado un mayor flujo de movimientos en el mercado negro de la droga, favorecido por el descontrol fronterizo y las tensiones intrínsecas entre las fuerzas de la OTAN y sobre todo, de Estados Unidos, en esa supuesta “guerra contra el terror” y los países vecinos del territorio afgano.

Según el análisis realizado por Alexia Mikhos basándose en estadísticas del año 2005, cuatro años después de la expulsión de los talibanes por las fuerzas de la OTAN, realizadas por la Oficina de las Naciones Unidas contra el Crimen y las Drogas (UNODC), “el 87% de la producción mundial de opio y el 63% de su cultivo mundial se ubican en Afganistán. Se calcula que el 52% del Producto Interno Bruto del país, unos 270.000 millones de dólares USA, procede del cultivo ilegal de amapolas. La producción de opio se ha disparado desde la expulsión de los talibanes [¼ ]: solo en el 2004 la producción de opio se incrementó un 64%, alrededor de unas 4 200 toneladas frente a las 185 toneladas del 2001, a partir de la prohibición del cultivo impuesta por el régimen talibán.”

Unido a estos datos clarificadores, podemos encontrar también un cambio de tendencia en cuanto a la dupla producción-consumo a nivel mundial. Jean Luc Lemahieu, representante de la UNODC para Afganistán, afirma que en los últimos años Afganistán es quizás la cabeza visible en cuanto a lo que producción de opiáceos y hachís se refiere, pero no debemos olvidar un silencioso pero rápido cambio de tendencia donde los países productores se están volviendo altamente consumidores (lo cual no implica que previamente no lo fueran), mientras que los anteriormente consumidores, siguen consumiendo pero comienzan a producir drogas sintéticas.

Junto a los llamados de atención por parte de Rusia, Irán, Paquistán, China y la propia ONU, también han sido muchos los intentos de negociación durante los últimos años por parte de los países integrantes de la OTSC, formada por Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán, tratando de gestionar y organizar la cooperación y el combate conjuntos contra la amenaza del narcotráfico procedente del territorio afgano, sin que hayan llegado a buen puerto dada la negativa de los altos mandos de la OTAN a establecer una política común de control con los países de la región centroasiática.

Cierto es que la quema y destrucción total y repentina de las grandes plantaciones opiáceas repartidas por todo el territorio afgano sería un duro golpe no solo para su ya crítica situación económica, sino también para miles de familias que han vivido y siguen haciéndolo, del cultivo de la amapola blanca.

El problema reside en la falta de interés por resolver un mal cada vez más asentado no solo en Afganistán, sino también en los países de la zona, que genera mayor inestabilidad y violencia. Los pocos intentos reales de frenar la producción de estas drogas no han hecho más que derivar de unas zonas geográficas a otras la producción, ayudado, no solo por los talibanes quienes financiaron y siguen financiando parte de sus actividades con la producción y venta de opiáceos, sino también por el propio interés de determinados estamentos del gobierno, tanto a nivel nacional como regional y local, que favorecen y protegen a los cárteles que dirigen los grandes movimientos a nivel nacional e internacional.

Tanto la ISAF como el alto mando de la OTAN parecen seguir queriendo hacer oídos sordos a los desalentadores datos ofrecidos por gobiernos y organismos internacionales que ven el incremento de la producción e intercambio de estos productos como una forma más de terrorismo a escala mundial y uno de los males más desestabilizadores, que no solo imposibilitan la resolución de conflictos abiertos por su intervención militar enmascarada en una supuesta guerra contra el terrorismo internacional cuando sus verdaderos intereses han sido puramente económicos y geoestratégicos en la batalla por la hegemonía de bloques entre las “economías occidentales” con Estados Unidos a la cabeza y las “emergentes” entre las que se encontraría Rusia.

David Santirso Ruiz

martes, 22 de enero de 2013

El príncipe Enrique de Inglaterra participó en ataques durante su estancia en Afganistán

El príncipe Enrique de Inglaterra disparó contra insurgentes talibanes durante su segunda misión como piloto de combate en Afganistán, de la que regresó este mismo lunes, según ha reconocido él mismo.

“Si, muchas personas lo han hecho, El escuadrón ha estado ahí fuera. Todo el mundo ha disparado. Si hay gente intentando hacer algo malo a nuestros chicos, entonces nosotros les dejamos fuera de juego”, expusó el príncipe ante los medios británicos durante su estancia en Afganistán.

No obstante, estás declaraciones, en las que el nieto de la reina Isabel II, de 28 años, reconoció que disparó “cuando tenía que hacerlo” porque “quitas una vida para salvar otra vida, pero esencialmente somos más un elemento disuasorio”, no se han hecho públicas, tal y como acordaron los medios, hasta su regreso a Reino Unido.

Enrique, que ha sido el primer miembro de la familia real británica en participar activamente en operaciones de combate desde que su tío, el príncipe Andrés, duque de York, luchase en la Guerra de las Malvinas, en 1982, también como piloto de helicópteros de la Royal Navy, fue enviado el pasado septiembre a Camp Bastion, la principal base británica en territorio afgano, en la provincia meridional de Helmand.

Ya en 2008 el príncipe, tercero en la línea de sucesión, estuvo diez semanas como subteniente en Afganistán, pero su estancia allí se vio alterada por una filtración que delataba su presencia en ese país, por lo que debió regresar a Reino Unido.

No fue el de los disparos a talibanes el único tema que trató el príncipe. Enrique abordó el hecho de haber “decepcionado” a su familia por la publicación de unas fotografías desnudo en una fiesta en un hotel en Las Vegas el año pasado. A este respecto reconoció que era “un claro ejemplo” de que probablemente es “demasiado soldado y no lo suficientemente príncipe”. “Pero al final yo estaba en una zona privada y allí debería haber tenido la privacidad que uno espera”, comentó.

EFE

miércoles, 9 de enero de 2013

La OTAN confiesa: en Afganistán había petróleo

Exxon Mobil, la mayor petrolera privada del mundo, estudia aterrizar en Afganistán y la canadiense Terraseis, anuncia haber encontrado petróleo en la provincia Faryab. Desde la ocupación en 2001, los países de la OTAN han perforado, sólo en la cuenca del Amo Darya, 322 pozos, donde se estima que hay entre 500 y 2 mil millones de barriles de crudo.


Aunque la prensa occidental habla con euforia del “descubrimiento” repentino del Oro Negro afgano, desligándolo de la invasión y la ocupación del país, desde 1938 —cuando los británicos construyeron las primeras refinerías en Irán y Arabia— había conocimiento sobre los yacimientos petrolíferos de Angut, al norte de Afganistán, que en 1959 fueron explotados por los soviéticos, quienes construyeron el primer gasoducto del país que terminaba en Uzbekistán.

Hasta 1966 habían perforado otros 60 pozos en el suelo de Herat y Helmand entre otras zonas. En los 80, mientras EEUU armaba a los mercenarios liderados por Bin Laden y les llamaba “luchadores por la libertad”, desmantelando el gobierno socialista del doctor Nayibloha, la URSS iba a construir una refinería capaz de producir un millón de toneladas de gas por año.

Con el colapso de la Unión Soviética en 1991, el principal objetivo de EEUU fue, aparte de impedir la reconstrucción del espacio post-soviético bajo el paraguas de Moscú y la creación de bases militares en la vecindad de China, Rusia e Irán, la construcción del gasoducto transafgano TAPI (Turkmenistán, Afganistán, Pakistán, India), desde el mar Caspio al mar Arábigo, con el fin de llevarse el gas de Turkmenistán.

Con su “doctrina de la seguridad colectiva”, santo y seña de sus guerras por los recursos, la OTAN no ha conseguido ninguno de los objetivos, ni siquiera con la ocupación directa del país en 2001, y sus 300 mil soldados y decenas de miles de mercenarios y contratistas. Fiasco total.

Le ha costado a la Alianza —tras perder a unos 3.000 soldados y gastar 6.000 millones de dólares al mes desde entonces—, darse cuenta de que no tiene nada que hacer en un patio trasero, perteneciente antes a la URSS y ahora a China. De poco le servirá el informe del Pentágono (2010) que sitúa en un billón de dólares el valor de algunas reservas petrolíferas no explotadas de Afganistán.

Bonito informe, aunque ha sido la empresa china CNPC quien ganó el concurso de licitación, y firmó el mayor contrato de petróleo de la historia de Afganistán, para explotar los yacimientos de Amo Darya, y que incluye la construcción de la primera refinería del país.

El Congreso de EEUU echaba humo. Duras críticas al Pentágono por su incapacidad para evitar el contrato y a Hamid Karzai por su “deslealtad”.

Tres meses después de la Conferencia de Tokio sobre Afganistán (julio de 2012) y del acuerdo de los países de la OTAN en invertir 16.000 millones de dólares en las infraestructuras —imprescindibles para empezar a explotar el fuel afgano—, Pekín seguía moviendo fichas: por primera vez en 50 años, altos cargos de su gobierno visitaron Afganistán para consolidar la estrategia de reconstruir la vieja Ruta de la Seda, crear una extensa red de gasoductos con los países “Stan”, y así garantizar su seguridad energética.

En aquellas localidades que se encuentran bajo el control de los taliban, los chinos han conseguido su colaboración —previo pago a ellos o al gobierno de Pakistán—, mientras contratan a aldeanos para trabajar o como vigilantes, construyen clínicas, escuelas, viviendas, y llevan agua potable y electricidad a los pueblos de alrededor… presentándose como el “imperialista con rostro humano”.

Otros tesoros

A demás del Oro Negro, Afganistán tiene oro, mucho oro amarillo, y no de los lingotes hechos de tungsteno que abundan en la tesorería de EEUU. De hecho, la compañía financiera JPMorgan Chase firmó con Karzai, en 2011, un acuerdo por el valor de 40 millones de dólares, para hacerse con una de las minas de oro afgano.

Quizás Horst Köhler, el ex presidente de Alemania, pensaba en este metal cuando en 2010 sugirió que las tropas de su país están en Afganistán para proteger la economía alemana. Decirlo, le costó el cargo. Este país, que en teoría posee el segundo depósito de oro del mundo (3,4 toneladas), sólo guarda en sus bancos el 31%, ya que EEUU, Francia e Inglaterra siguen negándose a devolverle sus lingotes depositados.

La existencia de toneladas de oro, diamantes, esmeraldas, cobre, hierro, uranio, y otros minerales (como tierras raras), que hoy pone los dientes largos al Servicio Geológico de EEUU (USGS), ya había sido documentado, hace un siglo, por las expediciones coloniales rusas y británicas.

Más tarde, fueron los geólogos soviéticos los que realizaron un estudio minucioso sobre los tesoros afganos, aunque vuelve a ser China quien hoy se ha llevado el contrato de la mina de cobre de Aynak, la más grande de Eurasia, y posiblemente la segunda reserva mundial de cobre tras Chile, y cuyo valor asciende a 404 mil millones de dólares. Medio centenar de empresas chinas ya trabajan en la minería afgana. Los indios también roban el mercado a otros competidores como Rusia o Turquía.

Sí, aquí las minas milenarias conviven con las sembradas hace pocos años por canallas, desfigurando la vida de la gente de esta tierra, cuya esperanza de vida que era de 48 años en 1984, ha caído, doce años después de la promesa de liberación por los países “civilizados”, en 44 .

Ha nacido otro Zaire, otro Congo, a la sombra del baile de buitres sobre los cuerpos de decenas de miles de afganos humillados, torturados, violados, secuestrados -en decenas de mazmorras y Guantánamos abiertos de par en par- y asesinados (en una de sus últimas incursiones, en octubre pasado, la OTAN abatió a otros nueve niños), mientras los veinte millones de supervivientes siguen sin agua potable, sin luz, y paliando su dolor y hambre con opio, que gracias a los ocupantes su cultivo se ha disparado de 200 toneladas en 2001 a 6.900 en 2009, según la ONU, dejando cientos de millones de dólares de beneficio a los carteles internacionales (Camellos en Afganistán).

Demasiados intereses en Afganistán para que EEUU y sus aliados abandonen el país, a menos que la presión de China y Rusia les corte la respiración.

jueves, 27 de diciembre de 2012

¿Quién se está llevando el oro de Afganistán?

Afganistán, uno de los países más pobres del mundo, ha visto la fuga de grandes cantidades de oro, principalmente a Dubái. El lavado de dinero de la heroína y las adquisiciones de Irán para evadir las sanciones figuran entre las posibles causas.

“Desde luego todo el oro y no solo el oro que se va de Afganistán no hace más que empobrecer a Afganistán: Afganistán es uno de los países más pobres del mundo”, dijo a RT el analista internacional Carlos Martínez.

La pobreza del país va de la mano con su frágil sistema económico. En palabras del experto, “todavía no se ha logrado crear una estructura económica y financiera mínimamente estable. EE.UU. es el principal culpable, por no decir el único culpable, de lo que ocurre en Afganistán”.

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¿De dónde proviene tanto oro?
Según ‘The New York Times’, la preocupación por la creciente fuga de oro se han extendido entre la comunidad empresarial y en las últimas semanas ha llamado la atención de los funcionarios afganos. Los funcionarios están investigando el origen del oro, ya que muy poco se extrae en Afganistán, y las razones de su salida a Dubái.

Desentrañar el misterio puede resultar difícil ya que la economía de Afganistán opera con poca supervisión. El lavado de dinero en el país está con frecuencia al servicio de funcionarios corruptos, narcotraficantes e incluso talibanes que cobran el impuesto revolucionario en los territorios que controlan. Gran parte de estas operaciones implican el contrabando de divisas.

Dubái es un destino popular para el efectivo y los metales preciosos. La laxitud supervisora de los Emiratos Árabes Unidos permite a los afganos ricos acumular su riqueza allí, especialmente cuando las tensiones aumentan en el contexto de la planeada retirada de EE.UU. en 2014. El aumento del comercio de oro puede ser una evidencia de que los afganos más acaudalados toman precauciones contra la vuelta al poder de los talibanes.

Sabor iraní
Además, según el diario, hay indicios de que Irán podría estar involucrado en el comercio del oro afgano. Ya está comprando dólares y euros para eludir las sanciones estadounidenses y europeas y podría usar el oro para el mismo propósito.