La aristocracia del
conocimiento en la universidad medieval
El momento culminante de esta noria de castigo y confesión, por un lado, y
liberación o premio por otro lado, es el examen, cuyo origen está en los
gremios. Lerena estudia algunos reglamentos y costumbres medievales (los
espectaculares y públicos exámenes de cátedra en los que tras haber sido
valorado por decenas de jueces tras horas de extenuantes pruebas, el candidato
salía a hombros a recorrer el pueblo) destacando cómo tienen esta forma de la
represión-liberación y obedecen a un marcado ideal dualista.
En el examen, auténtico rito iniciático, el discípulo aprende a constreñirse
para sacar la verdad, una verdad que tras el sacrificio y la obediencia, lo
transubstanciará, lo elevará a un nuevo nivel cualitativo de existencia social.
Toda la universidad medieval obedecía a una emulación del mundo de la nobleza,
siendo copia de la aristocracia en su funcionamiento, lemas e ideales. Con ella
surge una nueva aristocracia del conocimiento que accede a la verdad al mismo
tiempo que se diferencia del mundo, como Lerena destacaba que ocurría en los
monasterios.
Al principio las universidades servían a las necesidades de la Iglesia. Las
había de distintos tipos y fue en todas poco a poco adquiriendo más importancia
la formación para profesiones “liberales” (notarios, médicos). Así, parece que
se desdoblaron entre estudios de clérigos y para clérigos, y estudios profanos
para sobre todo la carrera de leyes.
Esta tensión se agudizó según la
influencia de la Iglesia iba perdiendo peso en pro de la moderna sociedad
capitalista, inaugurando una suerte de combate que hasta cierto punto todavía
perdura hoy y que en el siglo XIX tuvo su punto álgido en España en medio de las
reformas de los liberales. La universidad parecía servir a dos amos: lo sagrado
y lo profano. Con la mayor importancia de la burguesía, la universidad fue
perdiendo su autonomía y centralizándose, reglamentándose en todo el territorio
del reino.
Alfonso
X, por ejemplo, ya elaboró una ley que implicaba a la enseñanza.
En el mundo de la educación institucionalizada se ha dado, como un fenómeno
de la modernidad, la pugna entre el viejo modelo de sociedad aristocrática y el
modelo emergente de sociedad burguesa capitalista. La universidad medieval
recoge los elementos de la cultura de los gremios, hemos señalado ya, con los
exámenes que se incorporaron a ella en la Baja Edad Media, con la promoción de
la obra maestra y con el magisterio (el maestro que transmite su saber, en el
cual es un gran experto.
“Maestro” era sobre todo el gran conocedor de algún arte o técnica). Además,
la regula de San Benito transmitió a la universidad el elemento de
distanciamiento de la cultura académico-universitaria en relación con el resto
de la sociedad, lo que fue subrayado por la creación de colegios mayores,
internados y un modo de ser específicamente estudiantil. Esta universidad
medieval que perdura mucho tiempo hasta bien entrada la modernidad (en el
espíritu, aunque dentro de una institución formalmente cada vez más moderna,
centralizada, secularizada y liberal) transmite una idea aristocrática del
conocimiento y una técnica sobre todo exegética, basada en la hermenéutica de
textos antiguos y de la tradición.
En el modelo bajo medieval, se dicta el texto de la autoridad (por ejemplo,
Aristóteles) y después se debate de un modo muy dialéctico, formulando
objeciones que se refutan o corroboran y haciendo que los alumnos se pronuncien.
Esto se puede sentir a la perfección en las Summae como por ejemplo la Summade
teología de Sto. Tomás.
Son tratados muy didácticos, con estilo dialéctico de preguntas, objeciones y
respuestas, llegándose a unas conclusiones a partir de todo el proceso iniciado
con la exposición de un problema. Las Summae se leen fácilmente y transmiten la
sensación de un pensar vivo, en pleno proceso (contra el tópico de la cultura
estabilista que se achaca a la Edad Media y a la escolástica). Se trataba de
releer e interpretar el pasado, tanto en las profesiones más liberales
universitarias (leyes y medicina) como en las específicamente eclesiásticas
(teología, filosofía).
Se estableció un plan de estudios (Trivium, Cuadrivium) que era una jerarquía
de saberes que culminaban en el campo de la mayor abstracción y dominio
lingüístico. Los estudiantes compusieron una cultura propia, con duelos y
asuntos de honor por ejemplo al estilo aristocrático, con apariencia física
descuidada y ropa universitaria diferenciada, que se hacía notar bastante en las
ciudades.
Ilustración y modernidad: cultura de la erudición y cultura del
trabajo
La modernidad irrumpe en este modelo medieval con lo que llega a su culmen en
el proyecto ilustrado. Carlos Lerena en su libro Reprimir y liberar refiere
algunas citas de críticas ilustradas al modelo del Antiguo Régimen.
Autores en España como
Feijoo,
Pablo de Olavide o
Jovellanos,
achacan inutilidad a la universidad y teorizan sobre nuevas instituciones en las
que la cultura de la erudición se sustituye por una cultura del trabajo, de las
artes y técnicas productivas. Sorprende hallar textos que hoy podrían haberse
escrito para justificar las reformas universitarias actuales, que siempre alegan
que el modelo universitario no es útil, no enseña cosas que sirvan para la
economía y la producción ni para el mundo del trabajo. Esta crítica ilustrada es
una crítica coherente con la modernidad capitalista, caracterizada por la
creación de una nueva nobleza y valores nobles basados en el trabajo y el
dinero.
Frente al auténtico noble que debía hacer ostentación de su fortuna y
malgastarla, surge un espíritu de ahorro e inversiones racionales requerido por
un nuevo mundo movido cada vez más por el juego económico capitalista. Este
juego se basa en la creencia de que hay que racionalizar la economía,
entendiéndose por esto, la total liberalización de la misma. La economía es
racional, se piensa, y por eso funciona sola y debe ser dejada sola, sin ser
regulada.
En consonancia con esto, aparece una formación que apunta a trabajadores más
cualificados (y rentables), a una viva exploración del mundo, a un constante
tanteo científico, a la invención de maquinaria. Se puede rastrear muy bien este
nuevo campo de valores en los textos de los autores señalados. Lerena se detiene
algo más en Jovellanos.
Interesa destacar algo muy foucaultiano: la equiparación de la educación con
el poder, con un nuevo tipo de poder que se ejerce en las nuevas instituciones
educativas igual que en los cuarteles de los ejércitos bien organizados y
disciplinados de la modernidad. D’Alembert, por ejemplo, elogia a las escuelas
militares. De hecho lo que la modernidad produce en cuanto a la educación es una
exacerbación del binomio que da nombre al libro al que nos estamos refiriendo:
reprimir y liberar.
Como he indicado, se entiende la
educación como represión, control o poder, por un lado, y como parto o
mayéutica, liberación, espontaneidad y naturaleza por el otro. Quien a juicio de
Lerena deja bien claro esto, emprendiendo una crítica a la Ilustración que en
realidad lo que hace es fortalecer al mencionado binomio ilustrado, es
Rousseau. Aquí
Lerena pretende centrar su proyecto de crítica-genealogía foucaultiana, su
trabajo de teórico sociólogo, que se plantea, como hemos señalado más arriba, de
un modo exclusivamente negativista.
En la exposición de Lerena se enfatiza que el autor de Emilio es un prototipo
del individualismo moderno e ilustrado, que no es sino la ilusión de un hombre o
naturaleza humana capaz de elevarse sobre la sociedad que es opuesta a ella.
Rousseau, aunque reconoce el papel de la sociedad y teoriza sobre una sociedad
ideal burguesa (según Lerena) en El Contrato social, parte de un hombre
escindido de la sociedad, que es vista en términos de caída y enfermedad.
Lo que debe hacer la educación es un sutil trabajo por el que el preceptor
parece no hacer nada (educación negativa) cuando en realidad está obsesiva y
plenamente presente en la vida del niño. Hay un momento en el que Lerena incluso
relaciona esta omnipresencia y omnipotencia invisibles del preceptor con la del
educador ignaciano en la educación jesuítica de la época, sólo que en Rousseau
esto no se reconoce como sí se hace abiertamente en la pedagogía de San Ignacio.
Así, el educador educa un carácter, antes que dotar de conocimientos, y
desarrolla un proyecto que tiene mucho más que ver con los sentimientos y
emociones, con la sensibilidad que con la adquisición de conocimientos.
La valoración de la Modernidad y la visión que Lerena ofrece de
Rousseau
Lo que podría entenderse como un proyecto educativo humanista y respetuoso
con el niño, es en realidad un ejercicio de poder que trata de fabricar las
entrañas del sujeto. Se busca una educación sutil y refinada que haga salir lo
más recóndito de la bondadosa naturaleza humana, que es una ficción del autor
ginebrino para ejercer su diatriba individualista contra la sociedad.
La relación con el capitalismo es el énfasis en el individuo, entendido como
hombre que de modo solitario puede configurar su vida, tomando decisiones en el
vacío y llegando a superar los condicionamientos sociales. Lo que surja del
individuo operando desde sí mismo y por sí mismo, acabará racionalizando la
sociedad y erradicando los vicios. La virtud, pues, emana de las facultades
humanas en su ejercicio más puro. Lerena ve en todo esto un canto a las
bondades, ya digo, del individuo burgués que entiende la sociedad como conjunto
de individuos aislados al que se añade cada uno en particular. No hay sociología
en este planteamiento, sino por el contrario, un olvido del poder que tiene la
sociedad sobre el individuo.
Para entender esto, Lerena
contrapone
Comte a
Rousseau, o sea, la idea contraria, representada por Comte, de que educar es
adaptarse a la sociedad. Rousseau sería la versión “buena” “grata” “amable” del
binomio que en la pedagogía existe y perdura hasta
A. S.
Neill (del que se ocupa con dureza en el libro). La versión dura, villana o
infame sería la de los planteamientos que absorben totalmente al individuo
rousseauniano en su sociedad, como hace Comte, es decir, la educación convertida
en socialización. Tanto uno como otro extremo son propios de la mentalidad
burguesa que Lerena ve superada por Marx, que es el pensador que destruye esta
escisión individuo-sociedad y que junto a Foucault constituye su paradigma de
análisis.
Yo creo que si uno lee Emilio a la luz de El Contrato social no puede
tenerse, sin embargo, la impresión de que Rousseau no considera a la sociedad,
sólo que en lugar de describirla, la piensa. Es cierto el sesgo individualista
de quien o quienes tuvieron como modelo a Robinson Crusoe y de quien, como fue
Rousseau, tuvo también como modelo el plan pedagógico de Platón en La República.
Rousseau es ciertamente un pensador muy extraño, que agita, que fue modelo de
los revolucionarios jacobinos (Robespierre lo adoraba). Pero en un tiempo en el
que no existía la ciencia sociológica ni la psicología, Rousseau optó dentro de
este otro binomio, por el enfoque psicologista que es individualista.
Él sabía bien del carácter hipotético y ficcional de su estado de naturaleza
y hombre natural. Sólo lo usa como una suerte de postulado teórico por el que
intenta ver el modo de intervenir en la sociedad, en un supuesto salirse de ella
que nunca es del todo cierto, cosa que él deja muy clara en Emilio.
Como le digo a mis alumnos, Rousseau consideró el elemento social que nos
constituye. Pero no era sociólogo y su problema no era tanto estudiar este
elemento social de la condición humana (limitante y posibilitador a la vez) sino
especular con la muy estoica posibilidad de superarlo, de transformar la
sociedad que había diagnosticado como mala. Para Lerena esto es beatería
anarquizante porque él se sitúa intelectualmente como marxista, pero yo creo que
el individualismo rousseauniano además de ser, ciertamente, burgués, tiene un
potencial utópico que habría que considerar con mayor delicadeza.
Para Lerena, Rousseau es el prototipo de esa pedagogía del maestro-camarada
que él intenta combatir con una fijación que nunca sirve bien para comprender a
los grandes autores. Su hipótesis parece ser que toda la historia de la
educación moderna es obra del ingenio “pequeño burgués” que en competencia con
la nobleza busca adquirir una nueva nobleza basada en lo cultural, en el dominio
de la cultura, lo cual entra dentro de un amplio juego de poder en la
sociedad.
Marcos Santos Gómez es Catedrático de la Universidad de
Granada y Asesor de la Cátedra CTR.