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viernes, 24 de abril de 2015

Dios es una ecuación

 

La Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales publicaba recientemente un artículo del catedrático jubilado de Análisis Matemático Baltasar Rodríguez-Salinas, titulado Sobre los bigs bangs y el principio y final de los tiempos del Universo. En él, dicho científico trataba de demostrar matemáticamente nada menos que la existencia de Dios.
La reacción al mencionado artículo no se hizo esperar. Tres académicos retiraron sus firmas de la revista. Otros muchos protestaron por una afirmación que a todas luces parecía un nuevo intento de los muchos que se han llevado a cabo a lo largo de la historia por revestir con el respetable ropaje de la ciencia lo que no sería sino una pura especulación teológica.
LA BÚSQUEDA POSIBLE
¿Debe ser un empeño necesariamente condenado a la burla y al ostracismo el hecho de usar una herramienta como el conocimiento científico para probar la existencia de ese ser superior al que llamamos Dios? Lo cierto es que la inmensa mayor parte de los investigadores catalogan el hecho religioso simplemente como una creencia, con lo cual automáticamente lo sitúan en un terreno ubicado fuera del ámbito de la ciencia. Algunos lo resuelven de un modo elegantemente humilde. «Los Premios Nobel no somos más competentes que el hombre de la calle para opinar sobre Dios y la religión», decía el checo Vladimir Prelog, Nobel de Química 1975.
Una actitud cautelosa. Porque los científicos saben muy bien que si la ciencia no sirve para probar la existencia de Dios, tampoco vale para negarla. «Tengo respeto al agnosticismo de los físicos –afirma el físico nuclear polaco Jerzy A. Janik, miembro de la Academia polaca de Ciencias–, pero cuando dicen que son agnósticos porque son científicos, están haciendo una extrapolación. Pueden serlo, sí, pero no partiendo de la física». Y tampoco las matemáticas parece que sean aquella herramienta todopoderosa que con ingenuidad creyeron científicos como Galileo cuando dijo que «el libro de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos». Un optimismo compartido por el caballero Pierre Simon de Laplace cuando respondió a Napoleón, al hacerle notar el emperador que Dios no aparecía en su obra El sistema del mundo: «Sire: no he tenido necesidad de incluir tal hipótesis». Pues para Laplace, el Universo era como un gigantesco reloj perfectamente sincronizado del cual sólo nos faltaba conocer el funcionamiento de algunas de sus piezas.
Pero los clásicos aguafiestas no tardarían en llegar para fastidiar tan idílico panorama. Uno de ellos fue el matemático alemán Kurt Gödel, con el famoso teorema que lleva su nombre: «Dado un conjunto de axiomas cualquiera, existirán proposiciones, que no se podrán demostrar». Lástima, porque si esta disciplina no podía servirnos para interpretar la totalidad del Universo, mucho menos sería capaz de ayudarnos a probar (o negar) la existencia de Dios.
TU DIOS NO ES MI DIOS
  
Evidentemente, al decir la palabra «Dios», todos estamos dando por sentado que hablamos de una misma entidad divina. Pero no es así. Por ejemplo, a Max Planck, uno de los padres de la física cuántica y descubridor de los «cuantos» de energía, le gustaba decir «Siempre he sido un hombre profundamente religioso, pero no creo en un Dios personal; mucho menos en un Dios cristiano». Dicha postura se acerca a la de muchísimas personas que ven en las religiones tradicionales historias mitológicas o cuentos para niños, que en último extremo pueden ser interpretados como relatos simbólicos, pero no como representaciones de la realidad. La idea contemporánea de Dios se acercaría más a los conceptos del panteísmo en una versión New Age. Todo es Dios. El universo entero es Dios. El software que rige el Universo es Dios, pero igualmente el hardware, la materia misma. Y nosotros también seríamos Dios, o parte de Él.
En este sentido cósmico se expresaba otro de los científicos más importantes de la historia: Albert Einstein. En 1929, el rabino neoyorquino Herbert Goldstein le escribió un telegrama con una pregunta y una respuesta pagada para 50 palabras. La pregunta era «Cree Vd. En Dios?» Einstein no necesitó siquiera ese medio centenar de términos. «Creo en el Dios de Spinoza que se revela en la armonía del mundo, no en un Dios que se ocupa del destino y los actos de los seres humanos»
PREGUNTAS SIN RESPUESTA
  
Los argumentos que se han esgrimido para probar la existencia de Dios son innumerables. Basta recordar aquella famosa Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, quien trató de demostrarla mediante cinco vías: la del movimiento, que presupone que todo movimiento proviene de un primer motor; el de la causalidad eficiente, que igualmente hace remontarse las concatenaciones causa-efecto a una primera causa única; la consideración de si las cosas existentes son posibles o necesarias, entendiendo que debe de existir algo necesario por si mismo que no necesite de nada más para existir; la escala de la perfección, que parece indicar un pináculo de lo perfecto; y por último el «gobierno de las cosas» al suponer que todas las cosas naturales no actúan al azar, sino de forma intencionada para conseguir lo que les conviene, lo cual requiere de un ser inteligente que las dirija. Todas esas cinco vías tendrían su origen en Dios.
Por simples que parezcan, las reflexiones filosóficas de Santo Tomás se encuentran totalmente incluidas dentro del contexto de la ciencia actual. Y constantemente las encontramos en dos áreas científicas bajo las cuales subyace siempre la pregunta de si todo lo que conocemos obedece a algún plan definido, o si bien se ha producido por simple azar. Desde el mismo Big Bang hasta la evolución de las especies vivas; de la estructura increíblemente compleja de los átomos hasta el nacimiento de nuestra inteligencia y de nuestra conciencia. Cualidades que, como decía Carl Sagan, han permitido a los elementos químicos que componen las estrellas evolucionar durante millones y millones de años hasta llegar a preguntarse sobre sí mismos y sobre sus orígenes. Así, nuestro interés se centrará preferentemente en la Cosmología y en la evolución de las especies. Y una puntualización más: a medida que se examinan las hipótesis científicas sobre la existencia o inexistencia de Dios, se comprueba hasta que punto incluso los más insignes investigadores se basan en unos prejuicios firmemente arraigados, que raramente cambian con el tiempo. En la mayoría de los casos, se diría que primero desarrollaron su creencia y luego buscaron razones que la apoyaran.
«… Y LA LUZ SE HIZO»
  
Pues sin duda, la luz fue protagonista de aquel aterrador estallido cósmico que hizo surgir el Universo entero de un punto mas pequeño que la punta de un alfiler, que un átomo o incluso que el núcleo de un átomo. De ahí nació una inimaginable sopa compuesta de tiempo, espacio, materia y energía… Los creyentes inmediatamente trataron de asimilarlo a lo relatado en el Génesis bíblico, cuando Dios hace surgir de la nada toda la creación. Claro que a los teístas tampoco les desagradaba demasiado la idea propuesta por el astrofísico Fred Hoyle en 1948: la Teoría del universo estacionario. Si la materia huía por los bordes del cosmos, pero éste presentaba un aspecto tan homogéneo, para Hoyle sólo podía deberse al hecho de que en ciertas regiones se estuviera creando hidrógeno… de la nada. Pero tampoco tanto: apenas un átomo por metro cúbico cada 10 10 años. Una velocidad de creación a la cual, como comentó otro científico jocosamente «el genio creador no debería fatigarse mucho» Pero no; fue descubierta la radiación cósmica de fondo, la teoría de Hoyle falleció de muerte natural, y el Big Bang quedó como único ganador de la contienda.
¿Teníamos, pues, una creación perfecta que satisfacía por igual a científicos, creyentes y agnósticos? Pues casi sí, aunque a Einstein no le agradaba mucho pese a que constituía una derivación natural de su Relatividad el hecho de que el Universo hubiera surgido de una singularidad del espacio-tiempo. Pero aquello de un Cosmos en expansión no le gustaba, quizá porque, al igual que a los antiguos, le gustaba pensar en unos cielos inmutables. Y tampoco le hacía muy feliz aquella maldita mecánica cuántica que él mismo había contribuido a crear y pese a lo cual, no dejaba de odiarla cordialmente. ¿Qué significaba aquello de que a niveles subatómicos toda esa aparentemente sólida materia fuera apenas una borrosa nube de probabilidades? «Dios no juega a los dados», solía decir con una clara vocación determinista. «Vaya si juega. –afirmaba mucho tiempo después otro ilustre cosmólogo llamado Stephen Hawking– Y además los lanza donde no podamos verlos».
Un personaje curioso el tal Hawking. Sus conclusiones en torno al tema que nos ocupa parecen a veces contradictorias. «La teoría cuántica gravitatoria –dice el genio de Cambridge– ha abierto una posibilidad en la que (…) el Universo sería completamente auto-contenido y no afectado por algo fuera de sí mismo. No sería creado ni destruido. Simplemente, sería». Sin embargo, Hawking vuelve a la idea de una divinidad cósmica cuando concluye que «si descubrimos una teoría completa, todos podremos tomar parte en la discusión de por qué existimos nosotros y el Universo. Si encontramos la respuesta a eso, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos la mente de Dios».
De nuevo la mecánica cuántica… pero sus «padres» intelectuales no eran precisamente ateos. Así los recuerda Henry Margenau, un profesor de Yale poseedor de 8 doctorados honoris causa por distintas universidades: «Pienso en gente como Wigener, un buen amigo mío; en Heisenberg, al que conocí personalmente; en Schrödinger, que venía a verme a mi casa, o en Einstein. Por lo que yo conozco, los científicos que han contribuido decisivamente al gran desarrollo científico de los últimos cincuenta años son todos personas de creencias religiosas»

¿SOMOS PORQUE ESTAMOS, O ESTAMOS PORQUE SOMOS?
  
Hablando de Cosmología, tarde o temprano debemos enfrentarnos al Principio Antrópico. Hawking lo definió sencillamente al decir que «vemos el universo de la forma que es porque si fuese diferente no estaríamos aquí para observarlo». Según el físico John A. Wheeler «no es únicamente que el hombre esté adaptado al universo, sino que el universo está adaptado al hombre. ¿Imagina un universo en el cual una u otra de las constantes físicas fundamentales sin dimensiones se alterase en un pequeño porcentaje en uno u otro sentido? En tal universo el hombre nunca hubiera existido. Este es el punto central del principio antrópico. Según este principio, en el centro de toda la maquinaria y diseño del mundo subyace un factor dador de vida».
Algunos investigadores creen que ese cuidado extremo con el cual parecen haber sido diseñados los valores que reune el Universo para permitir la existencia humana, es la mejor prueba de que Dios existe. Para otros mucho, sin embargo, dicha proposición no es sólo una tautología, es decir, un razonamiento que se explica a sí mismo. Pero aun así, el asunto resulta llamativo. Por ejemplo, el doctor Hugh Ross, profesor de astronomía en la universidad canadiense de Toronto, ha elaborado una lista de 26 parámetros que abarcan desde la estructura atómica a la del Universo en su conjunto, demostrando que existen unas medidas tan sumamente exactas que cualquier mínima desviación de ellas habría imposibilitado por completo nuestra existencia sobre este planeta. Hasta tal punto que un personaje como el escritor y científico Paul Davies, en tiempos promotor del ateísmo, ha acabado por pensar que parece haber «una evidencia poderosa de que algo está pasando detrás de todo esto. Parece como si alguien hubiera hecho un ajuste fino de los números de la naturaleza para construir el Universo. La impresión de un diseño es apabullante…». Pero no todos están de acuerdo. Así, el físico y Premio Nobel Steven Weinberg, en un artículo titulado ¿Un universo diseñado? dijo no ver ninguna evidencia de diseño o designio en el universo, ni que las «constantes de la vida» fueran «ajustadas» con el fin de ofrecer las condiciones perfectas para el surgimiento de la vida.
«Y SI TODO ELLO FUERA CIERTO, QUE NO SE DIVULGUE…»
Así dijo el arzobispo Samuel Wibelforce al enterarse de la Teoría de la Evolución de Darwin. Finalmente no éramos seres salidos directamente de la mano del Creador, sino la suma evolutiva final de una serie de cambios movidos únicamente por el ciego azar. Por eso, científicos como nuestro ilustre paleontólogo co-director de las excavaciones de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, ha repetido varias veces que «Darwin fue el Edipo que sacó a la Humanidad de las tinieblas de la ignorancia. Gracias al él, descubrimos la verdad liberadora de que no existe en la naturaleza ni un propósito ni una finalidad última»… Y sí, hasta el diseño mismo parece ser un poco chapucero, hecho con una notable economía de medios indigna de la divinidad. Nos maravillamos de un proceso que ha dado como resultado estructuras tan fantásticamente complejas y perfectas como un ojo o el cerebro humano. Pero tampoco olvidemos que compartimos la mayoría de genes con especies como el gusano, lo pasamos mal por residuos evolutivos tan incómodos como las muelas del juicio, o los sufrimientos del parto porque para nacer debemos atravesar un canal que la evolución aún no ha tenido tiempo de hacer más ancho para ese cerebro que, ese sí, ha crecido más que el del resto de los mamíferos.
Resulta que, pese a todo, el buen sir Charles no renegó en ningún momento de la religión. «Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la Teoría de la Evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios me parece la imposibilidad de demostrar y comprender que el Universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el Hombre, hayan sido frutos del azar».
Pero algunos resultan ser «más papistas que el Papa». Pues desde hace años, algunas universidades norteamericanas han llegado a imponer las teorías creacionistas sobre las evolutivas. Sin embargo, no llegará la sangre al río. Como dice el conocido divulgador y conocido escéptico Martín Gardner «no conozco ningún teólogo protestante o católico fuera de los círculos fundamentalistas, que no haya aceptado el hecho de la evolución, aunque quizá insistan en que Dios ha dirigido el proceso e infundido el alma en los seres humanos».
En bioquímica nos tropezamos con una argumentación general muy parecida a la cosmológica, aunque los parámetros a discutir varían sustancialmente. ¿Azar o plan predeterminado? Si bien un genio como Francis Crick, codescubridor del código genético junto a James Watson puede decir que, tras descubrimientos como el suyo «la hipótesis de Dios está más bien desacreditada», otros se deshacen en exclamaciones de asombro ante las hebras de ADN que han dado lugar a una tan amplia y compleja variedad de seres. Las conclusiones, también en biología, distan mucho de estar claras.
Las espadas continúan en alto. Tal vez siempre permanezcan así. Porque, no lo olvidemos, todo cuanto los científicos exponen aquí, y en un sinfín de declaraciones, siguen siendo creencias, no evidencias verificables científicamente. Pero la búsqueda continúa. Tal vez sea en ese ardiente deseo de comprender donde radique la chispa divina del hombre.

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