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jueves, 30 de enero de 2014

La Ciudad Eterna desentierra el templo romano más antiguo, dedicado a Fortuna

A pie de la Colina Capitolina, en el centro de Roma, se encuentra la iglesia medieval de Sant’Omobono, construida en el siglo XVI d. C. y dedicada a San Homobono de Cremona, patrón de los sastres. En el exterior de la iglesia se hallan ruinas excavadas de altares de sacrificio y templos datados de épocas tan antiguas como el siglo VI a. C. En los días del Imperio romano este lugar lo ocupaban dos templos gemelos, y se considera que la iglesia actual está situada justo donde se levantaba uno de ellos.

Los arqueólogos que desde el pasado verano trabajan en una excavación en el centro de la capital italiana afirman haber descubierto lo que podría ser el templo romano más antiguo. Actualmente el río Tíber se encuentra a unos 100 metros de Sant’Omobono. Pero cuando la ciudad estaba en proceso de creación, alrededor del siglo VII a. C., fluía cerca del lugar donde se ubica la iglesia actual. En ese lugar una curva formaba un puerto natural para los buques mercantes. Y precisamente ahí los antiguos romanos decidieron fundar un templo, que actualmente están excavando los arqueólogos.

“En ese momento Roma ya estaba comerciando con lugares tan lejanos como Chipre, Líbano y Egipto”, explica a la emisora de radio NPR Nic Terrenato, profesor de arqueología clásica en la Universidad de Míchigan (EE.UU.) y codirector del proyecto de excavación. “Por eso edificaron este templo, que era lo primero que veían los comerciantes cuando llegaban al puerto de Roma.”
El templo, cuyos fundamentos se hallan por debajo del nivel del agua, probablemente estaba dedicado a la diosa romana Fortuna, la patrona de la suerte y la fertilidad. El equipo arqueológico encontró una gran cantidad de ofrendas, como reproducciones en miniatura de vasijas, dejadas con toda probabilidad por comerciantes extranjeros.
Terrenato dice que en la antigüedad los templos erigidos en los puertos servían para cultivar la confianza mutua entre los ciudadanos y los comerciantes. “Eran como una zona comercial libre, y la diosa supuestamente garantizaba la equidad en el comercio”, comenta el especialista estadounidense.
El descubrimiento de la existencia del antiguo templo se realizó después de años de captación de fondos en Italia y EE.UU., y requirió conocimientos técnicos sofisticados. El verano pasado el proyecto colectivo de las universidades de Míchigan y Roma finalmente se puso en marcha.
La excavación fue particularmente difícil debido a que el templo está situado por debajo del nivel freático. “Están excavando en la parte inferior de esta zanja, unos 2 metros debajo del nivel del agua”, dice el arqueólogo Ammerman.
El equipo utilizó maquinaria de construcción para perforar un agujero rectangular de 4,5 metros de profundidad. Terrenato confiesa que los arqueólogos tuvieron que superar la claustrofobia para poder pasar prácticamente 8 horas al día en el fondo de la zanja.
Durante los trabajos el equipo ítalo-estadounidense descubrió lo mucho que los primeros romanos intervinieron para transformar el paisaje urbano. La Antigua Roma, una ciudad de colinas altas y valles profundos propensa a las inundaciones, experimentó muchos cambios hasta convertirse en un lugar más plano y más seco mediante el corte de las colinas y el desvío del curso original del río.
Ammerman dice que descubrimientos como este desmienten la imagen idealizada que se tiene de la Antigua Roma como “una ciudad inmutable y eterna”, como un lugar que nunca ha cambiado.

lunes, 3 de diciembre de 2012

LAS RUINAS SUMERGIDAS – LAGO TITICACA 1

Por Débora Goldstern

La existencia de una civilización precolombina anterior a las conocidas, comenzó a tomar cuerpo con la entrada del milenio, cuando una noticia comenzó a circular con insistencia. La Expedición Atahualpa 2000, bajo las aguas del lago Titacaca, en pleno corazón boliviano, halló restos de una civilización desconocida. 

Aunque de estas ruinas se tenían conocimiento, hasta el momento no se tenía la evidencia comprobatoria, y aunque en este caso las pruebas parecían ser contundentes, el descubrimiento reabrió una polémica, sobre la antigüedad de las civilizaciones en América.



De inmediato, se levantaron voces en contra, y el hallazgo entró en zona de veda, hasta mejor oportunidad. Para comprender la mentalidad arqueológica sudamericana, debemos tener en cuenta su fuerte afiliación a los dictados europeos y norteamericanos que siguen teniendo una fuerte influencia en la materia. Romper con esa estructura no es tarea fácil, ya que todo aquel estudioso que se desvíe de las leyes establecidas corre el riesgo de ver su carrera truncada.

Localmente tampoco hay una defensa acentuada sobre las culturas pasadas de este continente, y subyace un cierto temor en buscar respuestas a ciertos interrogantes que aún subsisten en cuanto a las culturas que poblaron América, antes de la Conquista.

 Volviendo al caso boliviano, la existencia de estas ruinas no constituían novedad, y nosotros deseamos evocar una gesta poco conocida dentro de Argentina, y que tuvo como protagonista a un compatriota, que casi cuarenta años antes pudo vislumbrar estas mismas construcciones submarinas, aunque en su momento su hallazgo provocara incredulidad y rechazo. Conozcamos la historia de la mano de Federico Kirbus, que narró la experiencia del argentino en “Enigmas, misterios y secretos de América”.
“El equipo, compuesto por Ramón (“Kuki”) Avellaneda, Enrique León Brunner y Luis Villaverde, había arribado a orillas del Titicaca con propósitos muy distintos, casi diríase más espirituales que materiales: su deseo era habilitar las aguas navegables más altas del mundo para el deporte subacuático. Acertadamente, su expedición se denominó “Punta de Lanza”.[1] Y lo que representa bucear en el lago sagrado del Altiplano se infiere de las palabras de Avellaneda cuando describía su primera inmersión: “Mi indicador de profundidad marcaba tan sólo metros y, sin embargo, me hallaba a mayor altura que la cima del Fujiyama”.


Las inmersiones se veían obstaculizadas no sólo porque el cante de los botellones de oxígeno restringía la permanencia en el líquido elemento a su máximo de 45 minutos, sino, además, porque los tipos de descompresión debían ser muy prolongados que al emerger del agua los rodeaba la atmósfera muy tenue de 3.800 metros sobre el nivel del mar. Quiere decir que parte de la autonomía de 45 minutos había que dedicarla al proceso de descompresión, sin poder entregarse a proseguir las exploraciones subacuáticas.

Los deportistas habían sido consultados desde el mismo momento su arribo a Bolivia si sólo deseaban practicar deportes o si en verdad su objetivo era buscar la “cadena de oro”. Pero no fue leyenda, sino la noticia de que un norteamericano, de nombre Malinowsky [2] había hallado ruinas en el lago durante unas inmersiones realizadas años antes que confirió a los tres buceadores un impulso. Lo único malo era que muchos hablaban de tales vestigios pero nadie podía precisar su ubicación.

Las primeras experiencias de inmersión, llevadas a cabo con la asistencia del patrullero “Presidente Kennedy”, perteneciente a la marina boliviana, se realizaron sin mayores sorpresas. La temperatura del agua era de unos 15 grados cerca de la superficie; la visibilidad unos 15 metros; y las pulsaciones, 85 por minuto como valor promedio.

El tiempo transcurría implacablemente sin que los argentinos hallaran nada excepcional, salvo las enormes ranas mimetizantes que se fundían con el fondo del lago. Sus ayudantes bolivianos, entre tanto, seguían convencidos que el verdadero propósito de los buceadores era la búsqueda y el eventual hallazgo de la cadena áurea. ¿Era concebible que tres extranjeros realizaran tal esfuerzo sólo para satisfacer sus ambiciones deportivas?

Por fin, cierto día, uno de los boteros del estrecho de Tiquina mencionó un puerto en la orilla del Titicaca donde, según él, existirían ruinas. El sitio se llamaba Puerto Acosta. Y resultó que uno de los marinos de la “Presidente Kennedy” era oriundo de ese puerto. No sólo esto: también conocía el sitio donde ciertas construcciones de piedra llegaban hasta las aguas y parecían extenderse debajo de las mismas. Se decidió realizar el viaje en automóvil en compañía de Plácido Jucumani, el consabido marino, que sólo hablaba aymará y apenas balbuceaba algunas palabras en español; la conversación con él resultó, por lo tanto, bastante difícil.

 Arribados a Puerto Acosta, una vez más los pobladores afirmaban desconocer por completo cualquier detalle relacionado con las supuestas ruinas. ¿O acaso los inhibía el temor ante el lago santo y los dioses que en él vivían? Por fortuna, Plácido no se dejó impresionar y condujo al grupo hasta una bahía donde, según él, existían las ruinas subacuáticas. El tiempo era frío. Avellaneda se colocó su traje de neopreno para sumergirse en tanto que sus dos compañeros aguardaron en la orilla. No habrían transcurrido más de diez minutos cuando Avellaneda emergió a unos 200 metros de la costa, haciendo señas con el brazo para que los otros dos se le acercasen.

Lo que los tres acuanautas contemplaron ese destemplado día de invierno de 1966, a unos ocho metros debajo del espejo del lago, se lee hoy quizá con indiferencia, pero en su momento aceleró sensiblemente el pulso de los protagonistas de la aventura: ante sus ojos aparecían construcciones de piedra de diferente tipo y sorprendentemente bien conservadas, aun cuando estaban recubiertas de algas.

No sólo hallaron simples muros, sino recintos en forma de U, con la parte abierta señalando hacia el centro del lago. Es más: también distinguieron el trazado de un camino empedrado, perfectamente conservado, de unos 30 metros de longitud. Casi se estaría tentado de agregar: un típico camino incaico. [3]

Tras el primer breve reconocimiento del lugar, los tres retornaron a la orilla, donde, junto con algunos observadores, los aguardaba Plácido Jucumani con sus facciones tan impenetrables como siempre.

http://veritas-boss.blogspot.com.es/2012/11/las-ruinas-sumergidas-lago-titicaca-1.html