miércoles, 8 de abril de 2015

Dios existe

Cómo cambió de opinión el ateo más famoso del mundo



Ficha Técnica

Título: Dios existe
Autor: Antony Flew
Edita: Editorial Trotta, Madrid, 2012
Colección: Estructura y Procesos
Serie: Religión
Traducción: Francisco José Contreras Peláez
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 167
ISBN: 978-84-9879-368-0
Precio: 16 euros

Lo que el título de esta obra de Antony Flew afirma, no es un aserto libre de polémica. La existencia de Dios ha sido y es objeto de debate, con intensidades diferentes según las épocas. Son, por lo general y últimamente, los ateos quienes han izado la bandera de su postura para lanzar ataques, en sucesivas oleadas, contra los teístas, sin tener en cuenta qué pueda significar esa creencia en un Ser superior o qué se pueda entender por Dios. Es más: en ocasiones, son ellos quienes se consideran atacados por las huestes divinas, hasta el punto de precisar, en su opinión, una defensa de sus planteamientos, dando lugar a obras como la recientemente publicada En defensa del ateísmo.

Que haya quien afirme la existencia de Dios no es nada infrecuente. Pero que lo haga Antony Flew, filósofo de notoria relevancia y, por más señas, acérrimo defensor del ateísmo durante décadas, sí invita a la reflexión. Y eso es lo que procura este libro que comentamos: la reflexión. Evidentemente, no se trata de un argumentario apodíctico, sin posibilidad de réplica; ¡ojalá así lo fuera! Se habrían cerrado siglos de polémica y los ateos se habrían visto obligados a arriar sus estandartes y doblegarlos a la evidencia. Pero no es así. Lo que hace Antony Flew es explicarnos qué argumentos le han llevado a modificar su postura ante este inmenso misterio, inclinándolo más a la aceptación de la existencia de Dios que a la negación que había sostenido hasta ese momento. Y, junto a sus argumentos, la defensa numantina que hace de su honestidad intelectual que le ha llevado toda su vida a perseguir la verdad con toda su capacidad de raciocinio, sin ideas preconcebidas acerca del punto al que esta persecución pueda llevarle. Y esto merece una lectura del texto, recomendable para cualquiera que se alinee en uno de los lados del debate.

Justamente por su importancia, esta obra de Editorial Trotta ha sido ampliamente comentada; muy recomendables son los artículos publicados por Antonio Piñero en su blog Cristianismo e Historia.

Abre este libro un Prólogo a la edición española, que firma el doctor en Filosofía por la Universidad de Bremen y miembro del grupo de investigación de Filosofía de la Física de citada universidad, Francisco José Soler Gil. Este prólogo constituye una excelente introducción a la obra y a su planteamiento, de la que dice que “vale su peso en oro”. El libro tiene como tema principal la conversión de Flew al deísmo filosófico, pero con un alcance que lo trasciende, pues proporciona al lector un testimonio valiosísimo de confianza en la razón. Y ello porque Flew ha seguido una trayectoria estrictamente académica en sus postulados, sin caer en la descalificación de quienes mantienes posturas diferentes a la suya, incluso, en los casos en los que sus adversarios intelectuales sí han sucumbido a tal tentación. El filósofo inglés sigue la norma de presentar los argumentos del adversario de la manera más fuerte posible antes de proceder a su refutación, define meticulosamente los términos de los temas que se van a tratar, busca el procedimiento adecuado para el desarrollo de las controversias y, finalmente, se muestra ausente de cualquier sospecha de ocultas intenciones bajo los argumentos que analiza. ¿Cómo se aproximó Flew racionalmente a Dios? Establece, desde su inicial postura de ateo negativo, que es el teísta el que ha de demostrar la existencia de un ser superior; a lo largo de la primera parte del libro, Flew resume y comenta las respuestas que diversos autores ofrecieron a sus argumentos y cómo el intercambio de reflexiones con dichos autores fue haciéndole cambiar de opinión en algunos de los puntos; para el filósofo, la presunción de ateísmo es el mejor punto de partida metodológico, no una conclusión ontológica. Y, en su peregrinar intelectual, juzgó que las razones a favor del teísmo eran lo suficientemente sólidas para superar aquella presunción ateísta.

A este prólogo le siguen unas páginas que, bajo el título de Prefacio, firma Roy Abraham Varghese. Incide en el intento de mostrar la postura sostenida por los ateos beligerantes, que intenta desmontar, en unas pocas pinceladas, basándose en sus posibles contradicciones. Especial atención presta al positivismo lógico del Círculo de Viena y sus adeptos, así como a Dawkins, quien fue especialmente duro en su crítica a Flew.

Y se entra de lleno en el contenido, partiendo de una introducción del autor. Una introducción en la que expresa que esta obra puede ser considerada su testamento intelectual, pues en ella expone su proceso hacia el deísmo, que no obedece a ninguna de las imputaciones que le achacan sus antiguos compañeros del ateísmo. Añade que su postura actual no implica que crea en una vida tras la muerte. Y justifica su cambio de manera de pensar. Explica que el libro consta de dos partes; en la primera, de tres capítulos, expone su no creencia previa, mientras que en los siete que contiene la segunda parte explica cómo llegó a ser deísta.

Mi negación de lo divino es el título que ampara toda la primera parte del libro, cuyo primer capítulo es La creación de un ateo. En él, Flew hace un bosquejo biográfico en el que explica cómo de ser hijo de pastor metodista llegó a ser ateo, fundamentalmente por la problemática que le creaba la existencia del mal en el mundo.

El segundo capítulo es Donde lleve la evidencia. Se trata de la máxima que preside la labor filosófica de Flew. Si en el anterior apartado hacía un recorrido biográfico, en este resume el desarrollo de su pensamiento que, evidentemente, no se circunscribe únicamente al problema de Dios, aunque sí se trata del que le ha dado mayor notoriedad y al que ha dedicado obras fundamentales. Así, se refiere a su inicial interés por la parapsicología y su afán lector sobre el particular; el impacto de la sugerencia de que la biología evolucionista podía proporcionar una garantía del progreso; el intento de extraer conclusiones neoberkeleyanas de los avances de la física del siglo XX, etc. Durante su estancia en Oxford se vio envuelto por la llamada revolución en la filosofía, que hacía especial hincapié en el lenguaje. Su planteamiento del problema del mal, que le arrastró al ateísmo, se fundamentaba en dos pilares: la existencia del mal refuta la existencia de un Dios infinitamente bueno y omnipotente, y que el recurso a la libertad del hombre no eximía al Creador de su responsabilidad por los manifiestos defectos de la creación. Es la época de la publicación de Teología y falsificación con la que pretendía esclarecer la naturaleza de las afirmaciones mantenidas por los creyentes religiosos y reanimar el por entonces mortecino diálogo entre el positivismo lógico y la religión cristiana; se trata de una obra ampliamente debatida y que aportó a su autor enriquecedores planteamientos. A esta le siguió Dios y la filosofía, en la que proponía una argumentación sistemática a favor del ateísmo. Y, posteriormente, La presunción de ateísmo, en la que defendía que la carga de la prueba de la existencia de Dios corresponde a quienes la defienden. Desde su perspectiva de años posteriores, analiza estas publicaciones y reconoce, modestamente, que, como filósofo, ha cambiado varias veces de postura en su persecución de la evidencia, le lleve ésta adonde le lleve.

El tercer y último capítulo de esta primera parte se titula El ateísmo detenidamente considerado. Se encierra en un paréntesis que arranca con la que Flew determina como su culminación de la defensa de la increencia, su obra La presunción de ateísmo; y se cierra en mayo de 2004, en Nueva York, cuando manifiesta públicamente que ahora aceptaba la existencia de Dios. En medio, va detallando los diferentes debates que sostuvo con significados teístas. Y lo cierra con su polémica con Dawkins, de quien, si bien defendió su ateísmo, no aceptó su idea del gen egoísta.

Mi descubrimiento de lo divino es el título de la segunda parte del libro, que abarca los siete capítulos siguientes, el primero de los cuales es Una peregrinación de la razón. Como justificación de su honestidad y coherencia intelectual, parte de la facilidad con que dejamos que las teorías preconcebidas conformen el modo en que percibimos los datos, en lugar de dejar a los datos conformar nuestras teorías. Y plantea a sus excompañeros ateos la cuestión de qué tendría que ocurrir o haber ocurrido que pudiera suponer una razón para que, al menos, consideraran la existencia de una mente superior. Y expone su credo: “Creo ahora que el universo fue traído a la existencia por una Inteligencia infinita. Creo que las intrincadas leyes de este universo manifiestan lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción tienen su origen en una fuente divina”. ¿Y por qué este cambio de postura? Arguye que tal es la imagen del mundo que emerge de la ciencia moderna, a través de las tres dimensiones con que atisba la naturaleza: 1) La naturaleza obedece leyes; 2) la dimensión de la vida, la existencia de seres organizados inteligentemente y guiados por propósitos, que surgieron de la materia; 3) la propia existencia de la naturaleza. Y en este viaje no solo se ha apoyado en la ciencia, sino también en la reconsideración de los argumentos filosóficos clásicos, especialmente de Sócrates. Para Flew, tres son las áreas de indagación científica que le son importantes: 1) ¿Cómo llegaron a existir las leyes de la naturaleza? 2) ¿Cómo pudo emerger el fenómeno de la vida a partir de lo no vivo?, y 3) ¿Cómo llegó a existir el Universo? Sobre todo, le convenció la argumentación del filósofo David Conway. A dar respuesta a estas cuestiones dedica varios de los siguientes capítulos de la obra.

Así, el quinto, ¿Quién escribió las leyes de la naturaleza? Antes que nada: ¿qué entiende por ‘ley’ el autor? Simplemente, una regularidad o simetría en la naturaleza, una regularidad que es matemáticamente precisa, universal y que, en su conjunto, son leyes entrelazadas unas con otras. La pregunta que deberíamos hacernos es por qué la naturaleza viene empaquetada de esta forma. A partir de aquí, se apoya en testimonios de Hawking, Einstein, y de los padres de la física cuántica Planck, Heisenberg, Schrödinger y Dirac como pilares de su creencia en una mente superior, junto a planteamientos similares de significados filósofos, con especial dedicación a contraargumentar la postura sostenida por Dawkins.

¿Sabía el Universo que nosotros veníamos? A esta pregunta intenta dar respuesta el siguiente capítulo. En él trata fundamentalmente del argumento del ajuste fino, es decir, las leyes que rigen en el universo parecen haber sido diseñadas de forma que puedan impulsar el universo hacia la aparición de la vida; en otras palabras, el llamado principio antrópico; situación que requiere un diseño. ¿Un diseño divino? Esa es la cuestión. Hay una alternativa a un diseño divino: la teoría del multiverso, con todas sus variantes, tales como el universo inflacionario, la tesis del agujero negro, o la existencia de universos en dimensiones espaciales diferentes. Teorías que, como parece lógico, cuentan con otros tantos científicos que las niegan.

Dicho esto, ¿Cómo llegó a existir la vida? Es el tema del capítulo séptimo, donde contrapone los planteamientos filosóficos a los de biólogos. Este es su planteamiento: “La cuestión filosófica que no ha sido resuelta por los estudios sobre el origen de la vida es la siguiente:¿cómo puede un universo hecho de materia no pensante producir seres dotados de fines intrínsecos, capacidad de autorreplicación y una química codificada?” Tres aspectos filosóficos considera Flew: 1) La materia viva posee una intrínseca organización teleológica que no aparece por ningún lado en la materia que la precedió. 2) El origen de la autorreproducción. Y 3) La codificación y procesamiento de la información que es esencial en todas las formas de vida. Y los analiza a la luz de los últimos aportes científicos, aunque, siempre, desde un punto de vista filosófico. Y concluye con George Wald, que reconoció la preexistencia de una mente superior: “Esta es también mi conclusión. La única explicación satisfactoria del origen de esta vida orientada hacia propósitos y autorreplicante que vemos en la Tierra es una Mente infinitamente inteligente”.

El siguiente capítulo se plantea bajo la cuestión ¿Salió algo de la nada? Ya Santo Tomás advirtió de que no podía demostrarse filosóficamente que el universo tuvo un comienzo. Pero, al conocerse la teoría del Big Bang, Flew comienza a pensar que las cosas cambiaban mucho si el universo tenía un comienzo; una reflexión que mantiene pese a la argumentación de modernos cosmólogos que aluden a la teoría de los multiversos, o a la de Setphen Hawking sobre el universo autocontenido. Y retoma, entonces, el argumento cosmológico, desmontando las apreciaciones en contra de Hume. Concluye que “el universo es algo que requiere una explicación”.

Y comienza el peregrinar del autor Buscando un lugar para Dios. El problema del que partió era cómo concebir una persona (un Dios persona) sin cuerpo y cómo podría ser identificada una persona tal. En primer lugar, considera que ningún argumento antidualista muestra que el cuerpo sea una condición necesaria para ser un agente, pues la condición para ser un agente consiste, simplemente, en ser capaz de acción intencional. Siguiendo los estudios de Tracy y Leftow, concluye que la idea de un Espíritu omnipresente no es intrínsecamente incoherente, si vemos tal Espíritu como un agente situado fuera del espacio y el tiempo que únicamente ejecuta sus intenciones en el continuum espacio-temporal.

Y llegamos así al último capítulo de esta obra de Flew, Abierto a la omnipotencia. Dice: “La ciencia en cuanto tal no puede proporcionar un argumento que demuestre la existencia de Dios. Pero los tres problemas que hemos considerado en este volumen –las leyes de la naturaleza, la vida con su organización teleológica y la existencia del universo- solo pueden resultar explicables a la luz de una Inteligencia que da razón tanto de su propia existencia como de la del mundo”. Confiesa que ha seguido a la razón hasta donde ella le ha llevado, que ha sido la aceptación de un Ser autoexistente, inmutable, inmaterial, omnipotente y omnisciente. ¿Que existe el mal y el sufrimiento? Cierto, pero, desde un punto de vista filosófico, se trata de un tema distinto al de la existencia de Dios. ¿Por dónde irá ahora Antony Flew? Afirma estar abierto a aprender más sobre la Realidad divina y a la cuestión de si lo Divino se ha revelado en la historia humana.

El libro se cierra con dos apéndices. El primero se titula El nuevo ateísmo: una aproximación crítica a Dawkins, Dennett, Wolpert, Harris y Stenger, y lo firma Roy Abraham Varghese, a invitación de Flew, con la idea de completar sus reflexiones con un análisis y valoración de los argumentos de la generación actual de ateos.

El segundo apéndice, La autorrevelación de Dios en la historia humana: Un diálogo sobre Jesús con N.T. Wright, diálogo sostenido entre Flew y el obispo Wright sobre la tesis según la cual hay una revelación de Dios en la historia humana en la persona de Jesucristo. Para el filósofo las respuestas del clérigo a sus críticas previas a la idea de una autorrevelación divina son la defensa más poderosa del cristianismo que haya visto.

En resumen: se trata de un libro profundo en sus planteamientos, aunque muy accesible por el estilo didáctico del autor. Su lectura es ciertamente recomendable, si no por la aportación de argumentos científicos que avalen su postura (cosa inalcanzable a la vista de tanto debate), sí por la justificación razonada que ha inclinado la balanza hacia una postura teísta de quien, durante varias décadas, defendió enérgicamente el ateísmo. La honestidad y el rigor de sus planteamientos son un acicate para acceder a la obra, incorporando nuevas aportaciones a un debate que tanto nos afecta.


Índice

Prólogo a la edición española, por Francisco José Soler Gil
Prefacio, por Roy Abraham Varghese
Introducción

I. Mi negación de lo divino

1. La creación de un ateo
2. Donde lleve la evidencia
3. El ateísmo detenidamente considerado

II. Mi descubrimiento de lo divino

4- Una peregrinación de la razón
5. ¿Quién escribió las leyes de la naturaleza?
6. ¿Sabía el universo que nosotros veníamos?
7. ¿Cómo llegó a existir la vida?
8. ¿Salió algo de la nada?
9. Buscando un lugar para Dios
10. Abierto a la omnipotencia


Apéndices

Apéndice A: El nuevo ateísmo: Una aproximación crítica a Dawkins, Dennett, Wolpert, Harris y Stenger, porRoy Abraham Varghese

Apéndice B: La autorrevelación de Dios en la historia humana: Un diálogo sobre Jesús con N. T. Wright, porAntony Flew y N. T. Wright

Dios existe

Notas sobre el autor

Antony Flew es filósofo británico, formado en la Universidad de Oxford, donde recibió la influencia de Gilbert Ryle. Enseñó en las universidades de Aberdeen, Keele y Reading, entre otras. Contribuyó decisivamente a introducir la filosofía analítica en Escocia, y fue uno de los especialistas más reconocidos en el estudio de la obra de David Hume. Pero su principal actividad intelectual estuvo centrada en el debate entre teísmo y ateísmo.

Flew fue el representante más destacado del ateísmo filosófico anglosajón en la segunda mitad del siglo xx, una posición a la que dotó de nuevos argumentos, desarrollados en su ensayo Teología y falsificación y en sus libros Dios y la filosofía y La presunción de ateísmo. En 2004 anunció su conversión intelectual al deísmo y en 2007 publicó Dios existe, en el que explica las razones de su cambio de postura.

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