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jueves, 2 de abril de 2015

POR QUÉ "YO" SOY "YO"


                                   “Ich bin meine Geschichte” (“Im lauft der Zeit”, Wim Wenders, 1975)

El film, una “road movie” al estilo del cine independiente norteamericano con evidentes resonancias de Monte Hellman, está rodado en blanco y negro. Un hombre taciturno y retraído (Bruno Ganz) recorre las interminables autopistas de Alemania haciendo auto-stop en pos de visitar a su padre, con el que una vez más intentará, con más resignación que ánimo, comunicarse en la que puede ser la última ocasión de hacerlo. Un camionero “hippy” (Rudiger Vogler) que suministra repuestos a diversas salas de proyección cinematográfica se detiene a recogerle. Tras varios minutos de silencioso trayecto, el anfitrión de circunstancias intenta romper el tenso silencio y le pregunta “¿Quién eres?”.



El autoestopista, como si hubiera esperado esa excusa, da rienda suelta a una insólita verbosidad, y comienza a narrar las circunstancias de su nada apasionante existencia. Arrepentido de su pregunta, el camionero intenta cortarle con un descortés “Te he preguntado quién eres, no te he pedido que me cuentes tu historia”, a lo que el interpelado contesta, lapidario: “Soy mi historia”.

Desde la última fila de la sala en que se proyecta la película, el fantasma de José Ortega y Gasset asiente, filosófico (¿aplauden los fantasmas?).

La frase con la que el autoestopista contesta al camionero contiene la única respuesta adulta posible al enigma de la identidad: nuestra vida es una línea de tiempo absolutamente única y personal que nos singulariza. En los recuerdos se dan cita muchas personas, pero la trama esencial no es compartida con nadie: incluso dos hermanos gemelos viven su propia historia diferenciada.

No podemos pensarnos ajenos a algo tan íntimo como nuestros recuerdos: son el soporte de lo que somos. Vivimos mirando hacia adelante sostenidos por lo que existe detrás, un pasado que nunca pasa del todo, porque sin su presencia no podemos sostenernos o, al menos, sostenernos tal como nos pensamos. Somos, esencialmente, lo que hemos sido.


El pasado es tan irrevocable que tenemos que modelarlo para aceptar su presencia. Las certezas en que nos sitúa, a veces agobiantes, son el molde que define nuestra realidad. Como escribió Kierkeegard, vivimos hacia adelante, pero comprendemos retrospectivamente. Por eso, el pasado puede ser tanto una carga como un pedestal, una suma de conflictos que solucionar o un asidero que nos sostiene.

Por no divagar, vuelvo a la única respuesta que concibo a la pregunta sobre qué me hace ser “yo”: la historia que vivo, mi biografía, que no solo es mía y de nadie más, sino que me va modelando, definiendo, esculpiendo …

Toda historia comienza con la fórmula “Érase una vez ...”. La mía también a los ojos de quien asiste a ella. Solo que yo no puedo usar de forma coherente la fórmula “Érase”, porque ese “se” impersonal me sacaría del lugar que me corresponde: el de protagonista (o tal vez de víctima, pero ésa ya es otra cuestión), …

Para mí, mi historia empieza con un “érame” que puede chirriar sintácticamente, pero que solo yo puedo enunciar legítimamente.



“Érame una vez que entré en el gran drama de la humanidad, invitado por unos padres acogedores, y que me hallé de pronto inmerso en una realidad que me desbordaba, cuyas reglas, al principio ignotas, tuve poco a poco que ir deduciendo ...”.

El resto, donde -por cierto- no faltarán ni lugares comunes ni momentos aburridos, detallaría lo que, entre infinitas posibilidades, ha sido una línea de conciencia (presente) convertida en memoria (pasado) que apunta como una flecha al porvenir.

Ése soy yo: un hilo sensible y consciente que atraviesa millones de hilos en un telar infinito, enredándose a veces en alguno de ellos, pero sin romperse por ahora.

Esa posición que convierte una de tantas historias en MI HISTORIA va a mantenerse hasta mi último día. Nadie puede arrebatarme ese lugar: no puedo dejar de ser “yo”. Por suerte o por desgracia (ésa es también otra cuestión). Así que no le diré a nadie “Ponte en mi lugar”, jugando con una metáfora que es, en realidad, un imposible metafísico.



No hay otra subjetividad a la que yo tenga acceso, ni posibilidad de que nadie me expropie la mía.

Mi “yo” es mi santuario.



(posesodegerasa)

Publicado por posesodegerasa

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